pleroma: la plenitud divina en Cristo vs el gnosticismo

01/11/2025

Misticismo antiguo

En el mundo de la teología cristiana y de las corrientes esotéricas de la antigüedad aparece una palabra que, aunque simple en origen, ha llegado a cargar con significados tan variados que a veces parece que habla de mundos distintos. Ese término es pleroma, que en griego clásico significa “llenura” o “completitud”. Cuando leemos la Escritura nos encontramos con él en contextos cotidianos, como cuando un pescador habla de una red repleta de peces, o en expresiones de alegría plena. Sin embargo, en ciertos pasajes del Nuevo Testamento la palabra adquiere una dimensión especial que ha sido objeto de estudio y de controversia a lo largo de los siglos.

El salto que ocurre entre el uso cotidiano de la palabra y su empleo en la literatura teológica es impresionante. Por un lado, los escritores cristianos primitivos la emplean para describir la totalidad de la divinidad que se encarna en Jesús; por otro, algunos grupos gnósticos la transforman en un concepto técnico que designa una esfera espiritual separada del mundo material. Esta dualidad ha generado preguntas que aún hoy nos invitan a explorar qué significa realmente la “plenitud” en el contexto de la fe cristiana y cuál es la diferencia fundamental con la visión gnóstica.

En este artículo nos proponemos recorrer ese camino, analizando primero el significado léxico del término, después su empleo en el Nuevo Testamento, y finalmente cómo Pablo lo desarrolla en Colosenses. Posteriormente veremos la apropiación que hicieron los gnósticos, compararemos ambas perspectivas y reflexionaremos sobre lo que todo esto implica para la vida del creyente. Todo ello con un tono cercano, como una conversación entre amigos que desean comprender mejor una cuestión que ha fascinado a tantos.

Contenidos
  1. El significado léxico del término
  2. Usos del término en el Nuevo Testamento
  3. La formulación paulina en Colosenses
  4. La reinterpretación gnóstica del pleroma
  5. Contraste con la doctrina ortodoxa cristiana
  6. Implicaciones para la vida del creyente
  7. Conclusión

El significado léxico del término

Símbolos sagrados revelan una luz primordial

El vocablo griego pleroma se construye a partir del verbo “plereo”, que significa “llenar”. En la lengua cotidiana del mundo helenístico la palabra aludía a cualquier tipo de llenado completo: una vasija colmada, una sala abarrotada o una idea completamente desarrollada. No había, entonces, una connotación exclusivamente espiritual ni teológica; simplemente describía la condición de estar completo o lleno.

Cuando los traductores de la Septuaginta y los autores del Nuevo Testamento adoptaron ese término, lo hicieron dentro de esa gama de significados, pero empezaron a darle matices que transcendían lo meramente material. En los Salmos, por ejemplo, se habla de “la casa llena de alegría” o “el corazón repleto de gratitud”. Estas expresiones ya insinuaban una plenitud que no era solo física, sino que apuntaba a estados internos de satisfacción y bienestar.

A medida que la fe cristiana comenzó a formular sus doctrinas sobre la naturaleza de Cristo, pleroma pasó a ser un recurso semántico útil para intentar describir la totalidad de la divinidad que se manifiesta en la encarnación. Así, la palabra se convirtió en una especie de puente entre lo concreto y lo trascendente, permitiendo a los autores bíblicos expresar la idea de que en Jesús se reúne todo lo que constituye la naturaleza de Dios.

Usos del término en el Nuevo Testamento

Misticismo antiguo revela revelación oculta

Los evangelios presentan pleroma en situaciones muy diversas, desde la narración de la creación del mundo hasta la descripción de la predicación de Jesús. En Mateo 13:48, la parábola del tesoro escondido menciona una red “llena de pececillos” que simboliza la abundancia del reino de los cielos. En Hechos 2:2 se relata que “un sonido como de un viento recio” llenó la casa donde estaban los discípulos, una imagen que sugiere la presencia palpable del Espíritu Santo.

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Otro ejemplo potente se encuentra en la carta de Pedro, donde se cita el Salmo 16:10: “porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción”. Aquí la plenitud se asocia con la seguridad de la vida eterna que Dios garantiza a los suyos. Cada uno de estos pasajes comparte la idea de que Dios actúa para completar, para llenar de su presencia a quienes le buscan.

Cuando la palabra aparece en los escritos paulinos, el tono cambia ligeramente, adquiriendo una carga más doctrinal. En Colosenses 1:9, Pablo ora para que los creyentes “sean llenos del conocimiento de la voluntad de Dios”, una solicitud que apunta a una plenitud interior de entendimiento y vida espiritual. Este uso abre la puerta a una interpretación más profunda sobre lo que significa estar “completos” en Cristo.

La formulación paulina en Colosenses

Misterio cosmico en luz y símbolos

En la epístola a los Colosenses, Pablo emplea pleroma de forma decisiva para describir la relación entre la divinidad y la humanidad encarnada. En el versículo 2:10 declara: “para que en él habitéis plenamente, siendo llenos de toda la plenitud que procede de Dios”. Esta afirmación no solo subraya la totalidad de la Deidad que mora en Cristo, sino que también sugiere que los creyentes pueden participar de esa plenitud a través de la unión con él.

Pablo continúa explicando que, en Cristo, “habita corporalmente toda la plenitud (pleroma) de la Deidad”. Con estas palabras, el apóstol está diciendo que la naturaleza divina no está fragmentada o distribuida en partes incompletas, sino que está enteramente presente en la persona de Jesús. De ahí que la misión de la iglesia sea “revelar la plenitud que está en Cristo” y vivir bajo la influencia de esa completa revelación.

Este lenguaje ha sido fundamental para la formulación de la doctrina de la unión hipostática, la cual sostiene que Cristo es simultáneamente plenamente Dios y plenamente hombre. La “plenitud” que Pablo menciona, por tanto, no implica que los cristianos se vuelvan divinos en la misma medida que Cristo, sino que reciben la vida plena que fluye de su presencia. Es una participación que transforma, pero no elimina la distinción entre la naturaleza divina y la humana.

La reinterpretación gnóstica del pleroma

Misticismo cósmico, resplandor divino y profundo

Los gnósticos, grupos religiosos que florecieron en los siglos II y III, retomaron la palabra pleroma como núcleo de su propio sistema teológico. Para ellos, el pleroma era una esfera inmaterial y perfecta que contenía a los seres divinos superiores, a los que llamaban “aeones”. Esta esfera existía fuera del mundo material, al que consideraban inherentemente defectuoso y corrupto, una caída de la perfección original.

En la literatura gnóstica, se dice que el Cristo descendió del pleroma para impartir la chispa divina a los humanos, pero que retrocedió al momento de la crucifixión, dejando a la materia bajo la influencia del demiurgo, una deidad subluna y creadora del mundo físico. La salvación, según esta visión, consistía en despertar la gnosis (conocimiento) que permitiera al individuo reconectar con el pleroma y trascender la existencia terrenal.

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Esta interpretación contrasta fuertemente con la posición cristiana tradicional, que mantiene la bondad esencial de la creación y la encarnación como una unión permanente e irreducible entre lo divino y lo humano. Mientras los gnósticos veían la materia como una barrera, la teología ortodoxa la reconoce como el escenario donde se manifiesta la gracia de Dios y donde la plenitud de Cristo se hace presente de manera tangible.

Contraste con la doctrina ortodoxa cristiana

Fragmentación divina, luz y sombra cósmicas

En la visión cristiana clásica, el pleroma no es una entidad separada que se añade a Cristo, sino la totalidad misma de la Deidad que encuentra su expresión completa en la persona de Jesús. La Biblia presenta la creación como “buena” (Génesis 1) y la encarnación como el punto culminante del plan divino, donde Dios se hace carne sin sacrificar su perfección ni su bondad. La plenitud, por tanto, no es una capa más sobre la realidad material, sino la plena manifestación del carácter de Dios en la historia.

El Concilio de Nicea y los credos posteriores afirmaron que Jesús es “Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma sustancia que el Padre”. Esta declaración doctrinal rechaza cualquier idea de que la divinidad sea algo que pueda “descender” y “retirarse” como propone el gnosticismo. En cambio, la tradición cristiana sostiene que la plenitud de Dios permaneció eternamente unida al Hijo, que nunca se separó de la divinidad al aceptar la muerte en la cruz.

Otro punto clave es la valoración de la materia. Mientras los gnósticos la consideraban una prisión para el espíritu, la teología cristiana enseña que Dios, por su amor, tomó una forma humana, aceptó la limitación del cuerpo y, a través de su resurrección, transformó la materia en algo que puede participar de la gloria divina. La “plenitud” no está rehusada a la materia; al contrario, la materia es el medio por el cual la plenitud de Dios se vuelve accesible a la humanidad.

Implicaciones para la vida del creyente

Al comprender que la plenitud de Cristo no es una abstracción distante sino una realidad que nos rodea, los cristianos pueden vivir con una confianza renovada en la presencia constante de Dios. La idea de “estar completos en Cristo” implica que, aunque enfrentemos dificultades, llevamos dentro de nosotros la totalidad del carácter divino, que incluye amor, sabiduría y poder. Esta certeza motiva una vida de gratitud y servicio, pues cada acción se convierte en una expresión de esa plenitud interior.

Además, reconocer la diferencia entre la interpretación gnóstica y la ortodoxa evita caer en una espiritualidad que desvalorice el mundo físico y la comunidad. La fe cristiana invita a abrazar la creación, a cuidar el cuerpo como templo del Espíritu y a participar activamente en la sociedad, sabiendo que la plenitud de Dios se manifiesta precisamente en la interacción con la realidad material. Así, la “plenitud” no nos llama a retirarnos del mundo, sino a transformarlo mediante el testimonio del amor de Cristo.

Por último, al meditar sobre los escritos de Pablo y los primeros cristianos, el creyente descubre una invitación a crecer en conocimiento y en comunión con Dios. La plenitud no es estática; es una ruta que se recorre en comunidad, en la oración, en la lectura de la Escritura y en la práctica de la caridad. Cada paso en esa senda revela más de la luz que habita en Cristo y que nos capacita para vivir plenamente en el día a día.

Conclusión

Ascensión mística entre luz y sombra

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El término pleroma, aunque originariamente neutro, ha sido utilizado para describir dos visiones del mundo que se encuentran en tensión: la del cristianismo ortodoxo, que ve la plenitud divina encarnada irrevocablemente en Jesús, y la del gnosticismo, que la separa como una esfera espiritual que rechaza la materia. Al estudiar los textos bíblicos y la tradición patrística, queda claro que la plenitud de Dios no es una entidad distante que puede entrar y salir, sino la totalidad de su ser que se hace presente de manera permanente en la persona de Cristo y, por extensión, en los creyentes unidos a Él.

Esta comprensión nos lleva a valorar la creación como buen regalo de Dios y a reconocer la encarnación como el acto supremo de amor que une lo divino y lo humano sin comprometer la singularidad de la deidad de Cristo. La distinción con la visión gnóstica nos recuerda la importancia de afirmar la bondad del mundo material y la capacidad del ser humano para participar, a través del Espíritu, de la plenitud divina. En última instancia, la reflexión sobre pleroma nos invita a vivir con confianza, sabiendo que la totalidad del carácter de Dios está a nuestro alcance, no como una abstracción distante, sino como una realidad que transforma cada aspecto de nuestra existencia.

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