como es dios fisicamente: revelación divina y símbolos
01/11/2025

La pregunta que ha movido a creyentes y pensadores a lo largo de los siglos es, con frecuencia, una que trasciende la mera curiosidad: ¿cómo es dios fisicamente? La respuesta que la Escritura ofrece no es una fotografía, sino una serie de imágenes que, aunque antropomórficas, son más bien puertas de entrada a una comprensión profunda del carácter divino. Al explorar estas imágenes descubrimos que el lenguaje humano se vuelve insuficiente para describir la plenitud de lo que Dios es, pero lo suficiente para guiarnos hacia una relación más íntima con Él.
En la tradición cristiana, la revelación de Dios se ha manifestado en tres grandes momentos: la creación, la historia de la salvación y la visión escatológica final. Cada uno de estos momentos contiene símbolos que, aunque pueden parecer contradictorios, forman un mosaico coherente que ayuda al creyente a percibir, aunque sea en parte, la majestad divina.
Este artículo pretende acompañarte en un recorrido por esas representaciones, desde la clara afirmación bíblica de que Dios es espíritu, hasta los deslumbrantes retratos que aparecen en los libros proféticos. Al final, veremos cómo la esperanza cristiana promete una visión plena que superará cualquier símbolo presente.
La naturaleza espiritual de Dios

El primer paso para entender cualquier descripción física de Dios es reconocer la afirmación inequívoca de que Él es espíritu. En Juan 4:24 leemos que “Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorar en espíritu y en verdad”. Esta verdad implica que Dios no está limitado por la materia tal como la experimentamos. Su ser no se conforma a los parámetros de lo tangible, por lo que cualquier intento de describirlo físicamente inevitablemente usa metáforas que trascienden el sentido literal.
Aun así, la Escritura emplea un lenguaje familiar para comunicar una realidad que sobrepasa nuestra comprensión. Cuando la Biblia habla de “el rostro de Dios”, no se refiere a una cara visible en el sentido humano, sino a la presencia gloriosa que ilumina y transforma al que la contempla. En Éxodo 33:20 se señala que el rostro de Dios es tan intenso que quien lo vea morirá, lo que refuerza la idea de que la plenitud divina es demasiado poderosa para los ojos pecadores.
Esta tensión entre la naturaleza espiritual y la necesidad de símbolos humanos crea una dinámica donde la revelación se vuelve progresiva. Dios se muestra lo suficiente para que la humanidad pueda reconocer su señorío, sin revelar todo el misterio que se revelará en la eternidad.
Las limitaciones del lenguaje humano

El idioma que usamos está arraigado en la experiencia concreta: vemos, tocamos, percibimos. Cuando la Biblia describe a Dios con términos como “mano”, “ojo” o “voz”, está utilizando una técnica literaria conocida como antropomorfismo, que asigna atributos humanos a lo divino para que el lector pueda imaginar alguna forma de relación. Este recurso no implica que Dios posea un cuerpo material, sino que sirve como puente entre lo infinita y lo finito.
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Predicar la palabra de dios en todos los contextos y mediosAdemás, la poesía bíblica emplea comparaciones que apuntan a cualidades más que a formas. Decir que los ojos de Dios son “como brasas de fuego” sugiere su capacidad para percibir con claridad y pureza, no que literalmente tenga ojos de fuego. Cada “como” o “parecía” en los pasajes visionarios señala la imposibilidad de una descripción exacta, marcando la frontera entre lo que podemos imaginar y lo que sólo el Espíritu puede revelar.
Esta estrategia retórica protege al lector de caer en representaciones carísticas que podrían limitar la grandeza de Dios. En lugar de intentar dibujar un retrato definitivo, la Biblia invita a contemplar la magnificencia a través de símbolos que indican poder, santidad, justicia y amor.
Visiones proféticas en el Antiguo Testamento
El libro de Ezequiól presenta una de las imágenes más vívidas y complejas de la manifestación divina. En el capítulo 1, el profeta describe una figura que se asemeja a un hombre, rodeada de fuego, resplandor y un trono de zafiro. Los cuatro seres vivientes, cada uno con caras de hombre, león, buey y águila, crean una atmósfera de totalidad y plenitud que trasciende cualquier forma humana.
Esta visión no pretende ofrecer una fotografía literal del cuerpo de Dios, sino revelar atributos supremos: la soberanía (el trono), la pureza (el zafiro), el poder dinámico (el fuego) y la universalidad (las cuatro criaturas). Cada elemento está cargado de significado teológico que apunta a la centralidad de Dios sobre la creación y su interacción continua con ella.
El relato también subraya la imposibilidad de una visión directa. La descripción del ser envuelto en luz y fuego sugiere que lo que se muestra es una sombra o reflejo de la gloria divina, accesible sólo a través de la mediación del Espíritu. Es, por tanto, una invitación a la contemplación reverente y a reconocer que la verdadera esencia de Dios permanece más allá del alcance humano.
La revelación en el Apocalipsis

El último libro del Nuevo Testamento ofrece otro cuadro impresionante del Señor, describiéndolo con imágenes de majestad que combinan la pureza y el juicio. En Apocalipsis 1, Jesús se presenta con “cabellos blancos como lana, como la nieve”, “ojos como llama de fuego”, y una voz “como el sonido de muchas aguas”. Cada detalle comunica una dimensión del carácter divino que la vida terrenal apenas puede entender.
El hecho de que los pies sean “como bronce reluciente” y el rostro “como el sol resplandeciente en su fuerza” simboliza la firmeza, la justicia inquebrantable y la gloria que ilumina todo. La espada de dos filos que sale de su boca indica el poder de la palabra que corta y juzga, mientras que las siete estrellas en su diestra representan la autoridad sobre la iglesia. Todos estos símbolos se juntan para pintar una imagen integral de la victoria y la santidad que caracterizan a Dios.
Al igual que la visión de Ezequiel, la del Apocalipsis busca más que describir una forma; pretende evocar una experiencia de asombro y reverencia que prepara al creyente para la plena manifestación de Dios cuando llegue el día del cumplimiento.
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jesus rey de reyes y senor de senoresjesucristo rey de reyesSimbolismo y significado de los rasgos descritos
Los rasgos como “cabellos blancos” y “ojos flameantes” hablan de pureza, eternidad y penetrante discernimiento. La blancura del cabello sugiere que Dios está eternamente inmóvil en el tiempo, mientras que los ojos de fuego revelan una visión que atraviesa toda la mentira y la oscuridad. Cuando el rostro brilla como el sol, la Biblia está afirmando que la presencia divina ilumina y calienta, pero también quema a los que no están preparados.
El brillo de bronce y la luz del arcoíris, presentes en la visión de Ezequiel, representan la justicia firme pero al mismo tiempo la misericordia que lleva la promesa del pacto. El arcoíris es un recordatorio del compromiso de Dios con la humanidad, mientras que el bronce simboliza la fortaleza del juicio. Cada elemento, cuando se coloca en su contexto, muestra a un Dios que combina justicia y gracia, poder y ternura, sin contradicción.
Al analizar estos símbolos, se revela que cómo es dios fisicamente se entiende mejor como un cuadro de dimensiones trascendentales, más que una forma concreta. Cada imagen es una puerta a una verdad profunda que apunta a la totalidad de Dios, invitándonos a adorar y a buscar una relación que trascienda la mera percepción visual.
La esperanza escatológica de la visión plena

El Nuevo Testamento cierra con la promesa de que, al final de los tiempos, los creyentes verán a Dios cara a cara. En 1 Juan 3:2 se asegura que “cuando aparezca, seremos como Él”. Esta esperanza sugiere que la actual utilización de símbolos y metáforas será superada por una revelación directa, sin necesidad de analogías humanas. La visión escatológica promete que la gloria divina será tan clara que el corazón humano ya no necesitará traducirla a través de imágenes.
Esta expectativa no anula la riqueza de los símbolos presentes en la Biblia; al contrario, los prepara para esa gran revelación. Cada símbolo actúa como una preparación para el encuentro definitivo, una especie de entrenamiento espiritual que transforma la fe y la comprensión del creyente. En la plenitud del nuevo cielo y la nueva tierra, la presencia de Dios será una realidad tangible, libre de limitaciones y de la necesidad de interpretación simbólica.
Así, el viaje de la revelación divina nos lleva de la oscuridad del desconocimiento a la luz creciente de la esperanza. Lo que hoy percibimos como una serie de imágenes fragmentarias se convertirá, en la eternidad, en la imagen completa y gloriosa del Señor que tanto anhelamos contemplar.
Conclusión

A lo largo de la Escritura, la manera en que Dios se revela a la humanidad ha sido mediante símbolos que, aunque parecen describir un aspecto físico, en realidad expresan atributos eternos y profundos. Estas descripciones, desde los seres con múltiples rostros de Ezequiel hasta la majestuosa figura del Apocalipsis, sirven como puentes que acercan al ser humano a la divinidad, manteniendo siempre la verdad de que Dios es espíritu y que su plenitud es mayor que cualquier forma que podamos imaginar.
Relacionado con:
blasfemia contra el espiritu santo: qué es y su gravedadAl reconocer la intención de estos símbolos, el creyente puede apreciar la belleza de la revelación progresiva y esperar con gozo la culminación final donde la visión será completa. En esa experiencia futura, la pregunta de cómo es dios fisicamente ya no será una incertidumbre, sino una realidad experimentada en la intimidad de la presencia divina. La combinación de aprendizaje, adoración y esperanza forma una narrativa que invita a cada corazón a buscar, a contemplar y a confiar en el Dios que, aunque trasciende toda forma, se ha hecho visible y comprensible en la medida que necesitaba la humanidad.

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